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24 junio, 2007

Insignificante


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Siempre he pasado desapercibida. Más que eso. Completamente invisible a los ojos del mundo: de las señoras que se me cuelan en la cola de la fruta y no se "percatan" hasta que les advierto de mi turno.

.- "¡Uy, perdone!. No la había visto!

De los camareros en los bares y restaurantes:

.- "La carta, por favor: llevo una eternidad esperando que termine vd. de atender esas mesas que se han ocupado después de mi llegada"

.- "¡Disculpe, disculpe!. No me había fijado..."

"No me había fijado"... pero me miro en el espejo y me veo reflejada...

Hace unos meses fui al cine, sola, como siempre. Entré en la sala, ocupé mi asiento y esperé que comenzara la película. Cuando las luces se apagaban y comenzaba la historia, alguien entró en la fila. Recogí los pies hacia dentro para permitirle el paso.

Pero cual no será mi sorpresa cuando advierto que ¡el individuo se sienta sobre mi regazo!

.- ¡¡OIGA!!. ¿Es que no tiene más sitios que el que yo ocupo?

.- Perdone-respondió todo azorado- no la había visto

Lo de siempre...

Ocupó otro asiento y no volvimos a dirigirnos la palabra en toda la sesión.

Al finalizar, y mientras salía al pasillo con mi abrigo medio puesto, el individuo me detuvo:

.- Discúlpeme de nuevo por haberla atropellado... es que soy alérgico y tengo los ojos fatal desde el último brote. Por eso no la ví.

En efecto, los tenía inyectados en sangre y las venillas marcadas a fuego en la esclerótica.

.- ¿Me acepta un café para desagraviarla?- invitó-

.- Bien... un café rápido-acepté-

El café "rápido" se convirtió en horas de tertulia, una invitación a cenar- que acepté- y una copa en mi casa. Y el amanecer siguiente nos despertó en mi cama.

Aún me pregunto cómo pudo suceder tan rápido: Acaso porque era la primera persona en mi existencia que se había percatado de ésta.

Terminamos por vernos tan a menudo que decidimos vivir juntos. En mi casa.
Mi casa es grande, espaciosa, muy limpia. Y a él, gran alérgico a los ácaros y al polen, le agradaba la limpieza de todos los rincones. Para eso soy muy maniática.

Al principio miró con cierto recelo la mimosa enraizada al césped-tapiz de la entrada.
No sé si debido a que empezamos a vivir juntos en pleno invierno, no me comentó nada entonces, aún cuando yo sorprendiera esa mirada suya sobre mi árbol.

No sé ni entiendo el detonante, el principio del final de esta historia, yo que pensaba que al fin me encontraría fuera de mí y en otro, no sólo en un espejo...

Tan sólo que un día me sentí agobiada, tanto si estaba presente como si no: me acostaba con él, con él me levantaba, con él comía llegando a la carrera del trabajo para volver después; con él cenaba y salía al bar de al lado. Y me llamaba al trabajo constantemente, hasta el punto de que me convertí en un rumor de chiste entre mis compañeros y jefes, que nunca me habían prestado la menor atención: llegaban flores a mi oficina, seguidas de la consabida llamada telefónica; me venía a buscar al trabajo... me sentía absorbida hasta el aliento. De hecho hiperventilaba ante el mínimo pensamiento de él.

Y no pude más... de repente caí en la cuenta de que necesitaba volver a mi anonimato. No me gustaba este nuevo y desazonante sentir de las miradas de la gente en mí, como si me vieran por vez primera y se preguntaran de dónde había salido así, "de repente".

Y se lo dije: que necesitaba un tiempo para centrarme, para hacerme a la idea de la nueva situación. Algo de aire, algo de libertad...

Creí que lo había entendido.

Pero esa misma noche le encontré en mi cama: había sacado copia de mis llaves. Y allí estaba. Me enfadé, intenté razonar, hacerle comprender. Y esa noche fue la del primer golpe.

Al día siguiente hube de excusarme en el trabajo, porque el cardenal era imposible de disimular bajo el maquillaje. Esa mañana, comencé a pensar en que había de librarme de ese hombre. Por la tarde yo no tenía ningún plan; tan sólo había dormido y dormido... para olvidar la mañana y los días anteriores.
Cuando él volvió, la cena no estaba hecha, y no había nada en la nevera... se puso furioso y temí que me pegara de nuevo, pero se contentó con decir que iba a talar mi mimosa, porque temía otro brote alérgico.

Esa mimosa ha crecido conmigo. Y me negué a talarla. El gritó y gritó, y yo me encerré en el baño. Al cabo salió; y le vi mellando el tronco con un cuchillo jamonero que encontró en mi cocina. Llamé a la policía y les dije que había un intruso en mi jardín. Armado.
Vinieron enseguida y se lo llevaron entre imprecaciones. Yo no quise enfrentarle.

La paz sólo me duró dos días. Al tercero, el teléfono me devolvió su odiosa voz: exigía que volviera con él; quería que nos fuéramos a vivir a su casa, puesto que yo no iba a deshacerme de mi mimosa. Si desobedecía la "orden" el castigo sería una navaja entre mis costillas.

Y le creí.

Me dio veinticuatro horas para elegir. Pasé esa noche en vela y por fin supe lo que tenía que hacer:

Cuando la alergia se le manifestaba, en épocas de concentración de polen, tomaba unas bolitas blancas que le había recetado un naturista: eran como de azúcar (dulces: la curiosidad me llevó a probar una), pero me aclaró que se trataba de polen concentrado, para obligar a su sistema inmunitario a reaccionar contra el elemento extraño. No entendí muy bien, pero cuando le pregunté por qué no se tomaba todo el tubo cuando se encontraba mal, me replicó que podía darle algo así como un "shock anafiláctico", una reacción tan desmesurada que podía matarle.

Y se me ocurrió una idea:

Esa mañana me levanté muy temprano y salí de casa con la receta para su tratamiento alérgico (que se había olvidado en el cajón de mi cómoda). Acudí con ella al naturista de mi barrio y regresé a casa cargada de tubitos.
Pasé horas cocinando sus platos favoritos; y, de postre, un enorme flan que sabía se comería él solo (la generosidad y el compartir no estaban entre sus virtudes). Y no le puse azúcar, sino todos los tubos de bolitas de polen que me dieron en el herbolario: un postre muy "dulce".

Y le llamé.

Le dije que había decidido aceptar: que mis maletas estaban hechas y que deseaba invitarle a comer en mi casa, para despedirnos de ella.
Aceptó, encantado.

Estaba de muy buen humor, viéndose salir con la suya. Y llegamos al postre: como había previsto, el flan desapareció entero. Como nunca antes se le ocurrió preguntarme si quería, no hube de probarlo.

Se relamió como un gato satisfecho mientras yo aguardaba, hecha un manojo de nervios. Al poco tomó la copa de agua y se aflojó el cuello de la camisa. Pronto empezó a jadear y a pedirme que abriera la ventana. Hice lo que me pidió, sabiendo que de nada le iba a servir. Cayó al suelo como un saco, con la expresión de un pez recién pescado, manoteando al aire, como si así quisiera hacerlo entrar en sus pulmones... al cabo de tres minutos todo había terminado. Estaba muerto.

Soy una mujer fuerte: le tomé de las axilas y le arrastré hasta el garaje. Le metí en el maletero de mi coche y me llegué hasta las afueras. Allí le dejé: sobre el césped y bajo un grupo de mimosas.
Al regresar a casa para guardar el coche, antes de limpiar todo rastro de él, me crucé con el dueño del herbolario de mi barrio: para mi sorpresa, me reconoció enseguida y agitó su mano en saludo hacia mí.

Esa misma noche abandone mi casa para siempre.

Hoy escribo desde un lugar donde el mundo vuelve a desconocerme. En otro lugar sé que aún me buscan.
Pero aquí… he recuperado ese don que antes sentía como una carga; nunca como hoy me había sentido tan agradecida por mi insignificancia y su caperuza de invisibilidad: ella marca la diferencia entre este Paraíso y la carretera hacia Meco.

(Llara)




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